A 50 años de la Apolo 11, Aldrin dijo: “Yo fui a la Luna, ahora ustedes vayan a Marte”

La madre de Edwin Buzz Aldrin se llamaba Marion Moon (Luna, en español) y murió trágicamente un año antes del gran viaje de la Apolo 11.

 

Nunca vio a su hijo convertido en leyenda, y tampoco fue testigo de la depresión que sufrió al regresar: Buzz cayó seis años en el alcoholismo, se divorció dos veces y renegó de ser reconocido por la prensa como “el segundo hombre” en pisar la superficie lunar. Tal vez una cuestión de ego. O la sombra de su comandante, Neil Armstrong, que acaparaba toda la atención y los flashes. Paradójicamente, los hombres que cumplieron con la mayor hazaña espacial de la Humanidad, no estaban bien preparados para lo que vendría después. Podían sobreponerse a un giro inesperado del módulo a 400 mil kilómetros de la Tierra. Pero el traje de héroe casi los aplasta.

Hacer contacto con Aldrin no es sencillo. El próximo 20 de enero cumplirá 90 años. Se podría pensar que su vida está en el Mar de la Tranquilidad (así se llama el lugar donde alunizó en 1969), pero no es su caso. En el último tiempo, en julio del año pasado, tuvo un enfrentamiento judicial con dos de sus hijos, a quienes acusó de querer robarle dinero y pertenencias valiosas, ligadas a sus misiones espaciales. Ellos, a su vez, plantearon ante un tribunal que su padre tiene un “deterioro cognitivo”. En ese momento, Aldrin cambió de jefa de prensa, quien también cayó bajó sospecha.

Ser o no ser. Edwin Buzz Aldrin con el traje oficial de la Misión Apolo 11. /Fotos: NASA y OMEGA.

Ser o no ser. Edwin Buzz Aldrin con el traje oficial de la Misión Apolo 11. /Fotos: NASA y OMEGA.

En 2016 tuvo que ser evacuado de emergencia del Polo Sur, donde se encontraba como parte del Programa estadounidense de Investigación de la Antártida. La última vez que se lo vio públicamente, de etiqueta oficial, fue a comienzos de este año, cuando Donald Trump lo invitó a presenciar su segundo discurso frente al congreso de su país. Hace unas semanas, en Cabo Cañaveral, Viva esperaba entrevistarlo en un mano a mano con motivo del 50 aniversario de su viaje a la Luna, pero a último momento canceló todo por “motivos de salud”.

Finalmente, el contacto se concretó vía email. Y sólo se explayó de lo que más le interesa transmitir en este momento: los detalles de su hazaña con la Misión Apolo 11 y lo que espera de las próximas generaciones de astronautas. Otros temas, prefiere dejarlos atrás.

¿Hubo tiempo de pensar en algo durante el lanzamiento de la misión?

Bueno, le habíamos dedicado mucho tiempo a ensayar cómo sería ese momento. Todos pudimos observar que los procedimientos para el lanzamiento se iban reduciendo a segundos. Cada vez que lo completábamos teníamos que volver a empezar, y chequear todo de nuevo. En eso consistían los simulacros, que repetimos hasta el cansancio. Por eso creo que nos sentimos un poco aliviados cuando se realizó el lanzamiento real. ¡Además, fue sin problemas, y por fin nos pusimos en camino! ¡No tuvimos que repetir la secuencia de lanzamiento otra vez! El lanzamiento fue muy bueno. Imperceptiblemente suave en los primeros momentos, donde teníamos la opción de abortar la misión, y luego no sucedió nada inesperado. Sabíamos y sentíamos que estábamos acelerando, pero notamos que fue más suave en comparación con otros lanzamientos, por ejemplo el de la Misión Gémini (N. de la R.: el programa espacial anterior al Apolo, en el que también participó Aldrin). Vimos nuestra velocidad de ascenso, el cambio de altitud, pero nos sentíamos cómodos en nuestros asientos. En ese momento, nos miramos el uno al otro y pensamos: Listo, ahora debemos seguir nuestro camino … ¿qué sigue?

¿Y cuál fue su primera sensación al alunizar?

Cuando nos acercamos a la Luna, buscamos nivelarnos y seguimos avanzando hacia la superficie. Sabíamos que seguíamos quemando combustible y que si se terminaba sería un aterrizaje difícil. Cuando escuché que desde el control de la misión nos decían “30 segundos”, pensé que lo mejor era hacer contacto con el suelo cuanto antes. Yo conscientemente no quería molestar a Neil (Armstrong, el comandante de la Misión Apolo 11). De repente, vi polvo creando una bruma, polvo que el motor estaba aspirando. Luego se encendió la luz de “parada del motor” y grabé “413”: con ese código, el control de la misión entendía que las condiciones de apagado se habían cumplido. Neil recordaba que nos dimos la mano, yo recuerdo haberle puesto la mano en el hombro y sonreímos. Lo que sentimos fue una inmensa satisfacción. Podríamos habernos estrellado y quemado. Nos alegramos de estar vivos sobre la superficie lunar.

En pleno viaje. Aldrin dentro del módulo Aguila el mismo día del alunizaje. En su muñeca lleva un Omega, el único reloj aprobado para llevar a la Luna. /Foto: NASA y OMEGA.

En pleno viaje. Aldrin dentro del módulo Aguila el mismo día del alunizaje. En su muñeca lleva un Omega, el único reloj aprobado para llevar a la Luna. /Foto: NASA y OMEGA.

¿Tenía noción de que millones de personas lo estaban observando a través de la transmisión en vivo?

Bueno, cuando Neil descendió, escuchamos que desde el control de la misión, en Houston, nos decían: Obtener la imagen, pero al revés. Es decir, pudieron ver al detalle el trayecto de Neil en la escalera. Yo sólo veía su cabeza y únicamente lo escuché cuando dijo que iba a salir del módulo. Cuando llegó mi turno, me puse en posición para salir. Bajé la escalera y salté, teniendo cuidado de que la puerta no se cerrara. Cuando bajé y miré a mi alrededor, fue fácil resumir todo con la frase “magnífica desolación”. Supongo que lo dije porque era magnífico que hubiéramos llegado allí, y porque además el paisaje se veía bastante desolado. En verdad era una magnífica desolación.Estábamos abrumados por esa belleza, pero nos concentramos para cumplir con nuestros objetivos. No pensamos, realmente, en quiénes nos estaban mirando a través de la transmisión. Neil decidió dónde colocar la cámara, y yo saqué los dos experimentos que debíamos realizar y los llevé. Luego nos despreocupamos de la cámara. Nos enfocamos en esos experimentos, asegurándonos de que estuvieran nivelados, apuntando hacia el Sol, como nos habían pedido.

¿Cuáles fueron los temores en el viaje de regreso a la Tierra?

En el momento del regreso me centré en un procedimiento asociado con lo que denominamos splashdown (amerizaje). Lo principal se relacionaba con los paracaídas. En el descenso a la Tierra, para accionarlos, tuvimos que esperar hasta que nos aproximáramos al agua, y no estábamos seguros de a qué altura estábamos. El altímetro no daba una buena indicación. En el splashdown tuvimos que lanzar un interruptor para liberar los paracaídas, solo que el camino estaba un poco lleno de baches, por lo que nos volcamos antes de que pudiéramos soltarlos. Luego, afortunadamente, el paracaídas nos inclinó de nuevo hacia arriba. Fue bueno sentir que ya estábamos de vuelta en casa y que, finalmente, íbamos a ver y a hablar con nuestras familias. En general, puedo decir que fue un privilegio haber podido realizar la primera misión tripulada a la superficie lunar. Un honor haber trabajado con tanta gente buena y dedicada, y haber dejado nuestras huellas allí. Incluso ahora, a veces, me maravillo de pensar que viajamos y llegamos a la Luna. Pero ahora, creo, es hora de que la próxima generación de astronautas se ponga el cinturón de seguridad y vaya a Marte. Yo fui a la Luna y regresé, ahora ustedes vayan a Marte.

Aldrin en la Luna. Luego de colocar la bandera de los Estados Unidos.. /Fotos: NASA y OMEGA.

Aldrin en la Luna. Luego de colocar la bandera de los Estados Unidos.. /Fotos: NASA y OMEGA.

 

La llegada de Aldrin a la Tierra demoró, en realidad, unas tres semanas más. Durante ese tiempo, los astronautas cumplieron una cuarentena programada ante el posible contagio con virus o bacterias extraterrestres. Desde las ventanillas de ese lugar saludaron al presidente Richard Nixon, que había asumido el 20 de enero de ese año, justo el día en que Aldrin cumplió 39 años. Por las principales avenidas en distintas ciudades del mundo, se celebraba el éxito de la Apolo 11 con marchas espontáneas. La gente en las calles, especialmente en los Estados Unidos, sentía que esa hazaña unía a todo el planeta al menos por un instante.

Cuando las voces de alegría se apagaron, Aldrin volvió a su vida terrestre. Y empezó un viaje hacia sus propias tragedias. De allí también pudo regresar.

FUENTE: clarin.com

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