El último tour del mundo, tercer disco de Bad Bunny en 2020

Las canciones de amor en la música latina, hasta no hace mucho -y parafraseando el título de la segunda novela del escritor Óscar Hijuelos-, las tocaban los reyes del mambo. Pero desde hace un tiempo, el gran romántico del Caribe ya no compone sus himnos tristes de despecho sobre los ritmos de la salsa o el son, sino montados encima de la base electrónica irregular del dembow -el cimiento rítmico del reguetón desde finales de los años 80 hasta hoy-, y con ese timbre robótico en la voz que aporta el AutoTune. Lo que para otras generaciones fueron Antonio Machín o Julio Iglesias, cronistas irrepetibles de las heridas del corazón para todos los públicos, hoy lo es Benito Antonio Martínez, el hombre también conocido como Bad Bunny.

La mayor estrella latina del momento es un estajanovista de la música urbana. Como ya hiciera en 2018, cuando se descolgó con dos álbumes desbordantes de color –X 100pre y Oasis-, el conejito también cierra 2020 con una dupla de discos con los que ha multiplicado su impacto en el mercado planetario, cada vez más receptivo -por si ya no lo fuera suficiente- a la inmaterialidad e instantaneidad del streaming, y que reúnen cameos que describen el quién es quién del urban latino en esta década.

En su primer título del año, YHLQMDLG (acrónimo de Yo Hago Lo Que Me Da La Gana), entre llanto y fiesta asomaban Anuel, Daddy Yankee y Ñengo Flow; en el segundo, El último tour del mundo, destaca la presencia de Rosalía. Este disco complementario lo ha grabado durante el confinamiento. No entraba en sus planes, pues pensaba dedicar el verano a una gira que iba a traerle a España en julio, pero en algo tenía que emplear el tiempo en la que, sin duda, está siendo su mejor temporada.

 

Bad Bunny ha generado un alto consenso como una figura crucial del nuevo pop latino de alcance mundial. Es un personaje central, pues pone en contacto la música de Puerto Rico con la escena trap del sur de Estados Unidos, pero sobre todo marca un perfil único con sus letras sentimentales de bolerista posmoderno, un romántico enfermizo que se ha adaptado como un guante al mundo loco de la globalización y la tecnología que tanto afecta a nuestras emociones y nuestra forma de relacionarnos. Sus versos de costumbrismo erótico, que retratan con ingenio la fragilidad masculina, montados sobre el trotoneo de una caja de ritmos 808, son todo un hallazgo, carne de meme y tuit.

Valga como ejemplo la letra de Si veo a tu mamá: “Baby, yo te quiero aunque diga lo contrario / llevo seis meses solitario, pero / hoy salí con los muchachos a beber / y dije que de ti no iba a hablar / Son las cinco, ya va a amanecer / Si no prenden la voy a llamar”.

Son palabras que ilustran situaciones con las que cualquier varón desesperanzado, ese que pide una oportunidad de redención en el amor para no hundirse, podría identificarse perfectamente.

¿Qué ha pasado con Bad Bunny en los últimos dos años? Básicamente, que del anonimato del debutante, cuando empezó con sus primeros singles con 22 años en la escena reguetón de Puerto Rico, se ha elevado a la cúspide de la fama universal gracias a un estilo propio, tan extravagante como adictivo -sólo hay que dejar que el oído poco entrenado se acostumbre-, y en el que nada es lo que parece.

Por ejemplo, si se presupone un exceso de testosterona en el reguetón, Bad Bunny se desmarca a veces con el arrepentimiento sentimental de un chico soja, como una versión caribeña de Drake o The Weeknd. Así, si el pop del momento demanda fiesta, inmediatez y frivolidad, él se fustiga en largas estrofas de pasión desesperada como las del single Amorfoda.

Pero, a la vez, hace todo lo contrario: espanta los males con bases explosivas que sirven tanto para el perreo rico en cebolleta como a la coreografía vanidosa para TikTok, fogonazos coloristas de dos minutos convertidos en pop con la duración perfecta para Spotify y un gran atractivo para el mercado de Estados Unidos, una circunstancia que, sumado al incremento de público en todo el mundo que ha terminado aceptando la música en español, han multiplicado sus posibilidades de proyección. En un mundo global, pocos artistas hay más globales que Bad Bunny.

La llegada de YHLQMDLG fue a finales de febrero, un momento que resultó ser inoportuno para cruzarse el planeta en una gira, pero que ha resultado ideal para hacer de él un entretenimiento masivo en tiempos de reclusión y discotecas cerradas, lo que le ha hecho ganar enteros entre muchos post-adolescentes huérfanos de frotamientos y de millennials deseosos de no perder el tren de la juventud.

Lo mejor de Bad Bunny es que, con dos frases, puede uno venirse arriba con sus pequeñas dosis de canalleo e insinuación sexual: “Hoy se bebe, hoy se gasta, hoy se fuma como un rasta, si Dios lo permite”, dice en Safaera, la canción que es ya un himno del despendole y una versión lejana de Get Ur Freak On de Missy Elliott. Su éxito tiene cifras astronómicas: acumula más de 400 millones de reproducciones en Spotify y más de 270 millones en YouTube. Es la tarjeta de visita de su doble virtud artística: imaginación en las formas y ciclotimia en las emociones.

El anuncio de El último tour del mundo incluye un matiz más que habla de su hiperactividad prolífica, pues técnicamente es el tercero de este año, ya que también apareció en verano Las que no iban a salir, una selección de descartes de YHLQMDLG que le ha permitido seguir haciendo ruido con ganas de fiesta en el año más solitario en la era cristiana.

El aviso en vídeo de la publicación inmediata del nuevo disco, a través de las redes sociales del artista, ha acumulado en menos de 12 horas más de seis millones de reproducciones en Instagram, así como tres trending topics en Twitter en el que seguramente fue el peor día del siglo para intentar hacer ruido en las redes. Pero Bad Bunny es capaz de contraprogramar hasta la muerte de Maradona y abrirse paso entre la maraña de lamentos de internet para hacer del lanzamiento de un disco, también, un enorme acontecimiento de un 25 de noviembre histórico.

Bad Bunny no lo ha conquistado todo -en los pasados premios Grammy Latino sólo se llevó un premio de ocho nominaciones, el de mejor canción de reguetón por Yo perreo sola-, pero podría hacerlo si su carrera se extiende hasta más allá de 2021. Algo que no está claro del todo, pues algunos fans sostienen una teoría que circula por internet que indicaría que el ídolo portorriqueño está preparando su retirada, que El último tour del mundo sería su último disco, y que lo haría por un exceso de estrés y dificultad para gestionar el éxito estratosférico que ha amasado en dos años. Vivimos, al fin y al cabo, en tiempos de máxima ansiedad; explicaría su tendencia a la introspección, a no dejarse ver mucho y no comerciar con su vida privada.

Así, mientras el mundo espera a ver qué pasa con su futuro, el conejito malo se consolida como el artista bueno de su ramo, y deja la incógnita flotando sobre si habrá, o no habrá, gira mundial el año que viene. Más vale que la haya, para que no se tenga que repetir esa frase de un vídeo de Pantomima Full -“me apetecía mucho Bad Bunny, tío, me jode mucho no verlo”- que resumiría la frustración del festivalero medio. Mientras tanto, habiendo reunido bajo su aura al ala flexible del urban americano, al público del pop generalista, a los ultras del reguetón y a unos cuantos hipsters, Bad Bunny está en ese momento -lo que los ingleses llaman ‘la fase imperial’- en el que todo lo que toca se convierte en oro.

Fuente: https://www.elmundo.es/

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